Romano Prodi recuerda cómo persuadió a Alemania para que permitiera que la endeudada Italia entrara en la eurozona: apoyen nuestra incorporación y compraremos su leche, dijo.
Cuando Prodi recorrió las zonas agrícolas de Alemania después de convertirse en primer ministro de Italia en 1996, habló sobre un gran conducto de leche desde Baviera, apuntando a la caída del 40% en tres años en la lira italiana que estaba afectando las ventas de productos lácteos. «Si Italia se hubiera quedado fuera de la eurozona, una enorme cantidad de exportaciones de Alemania habría corrido peligro», dijo Prodi.
Alemania oyó el mensaje y permitió que se flexibilizaran las reglas de entrada para crear un mercado de 16 países para sus exportadores. Ahora los contribuyentes alemanes están pagando la cuenta de esa permisividad al tiempo que Europa rescata economías divergentes atadas a una sola moneda con poco control sobre sus impuestos y gastos nacionales.
Las consecuencias son una cuenta $1 billón por un atracón de deuda encabezado por Grecia, menguante confianza en la independencia del Banco Central Europeo y la creciente inquietud de que una moneda diseñada para durar para siempre pueda desaparecer.
«Existe el gran problema de una desintegración potencial del euro», dijo ayer en Londres un ex presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, de 82 años. «El elemento esencial de la disciplina en política económica y fiscal que se esperaba no ha estado presente hasta el momento en algunos países».
El norte de Europa, encabezado por Alemania, con su férreo interés en la disciplina fiscal, intenta corregir errores cometidos por los fundadores del euro en los años noventa.
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Finanzas
