Buenas intenciones, poco contacto con la realidad

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Desde hace años, la discusión acerca de eliminar la huella de carbono en el transporte marítimo es uno de los temas recurrentes de las reuniones COP (Conferencia de las Partes).

Que si bien es una declaración de buenas intenciones, lo cierto es que el Comité de Protección del Medio Marino (MEPC 79) de la OMI no logró acelerar los tiempos ni profundizar los objetivos del organismo de Naciones Unidas para contrarrestar el cambio climático, principalmente por un tema que nadie se anima a tratar: la imposibilidad de crear a tiempo un sistema energético efectivo y duradero que sea capaz de reemplazar definitivamente a los combustibles fósiles.

Es que por más que el Acuerdo de Paris y los diferentes tratados que apuntan a un mundo de emisión cero en 2050, lo cierto es que por el momento, los barcos eléctricos o los que poseen propulsión por hidrógeno son solo prototipos o se fabrican en muy baja cantidad, y no hay certidumbre clara acerca de que puedan ser producidos en masa en el corto tiempo.

Los países que apuntan a una idea de descarbonización en 2050, consideran que es tecnológicamente viable cumplir el objetivo pero no dicen ni como se haría ni tampoco pueden explicar de qué manera sería posible abastecer a todo un planeta si por el momento ni siquiera es posible saber como se tratarán, por ejemplo, las baterías de los autos eléctricos, lo cual hay que indicar que la contaminación por baterías puede durar hasta 500 años y hay peligros de que elementos como mercurio, litio, plomo, o cadmio (todos altamente contaminantes) puedan ser liberados al ambiente.

Lo único que dicen los que defienden la agenda 2050, es que si se crea una tasa de al menos 100 dólares por tonelada de carbono generaría decenas de miles de millones de dólares, lo que sería supuestamente invertido en la generación de nuevas tecnologías que crearían más y mejores formas de generación de energía.

Lo que olvidan los que proponen esta idea, es que este sobrecargo recaería en los costes de las empresas, que trasladarían ese gasto a la población en general, lo que haría más cara la vida diaria.

Aquí no hay decisiones fáciles, pero lo cierto es que hay decenas de países que no pueden permitirse que su población pague un costo muy alto que, a priori, ni siquiera podría recuperarse en esta generación, lo que lleva a plantear que quizá la premisa está siendo vista de manera incorrecta y que más allá de las buenas intenciones, lo que hace falta son soluciones concretas para si encaminarse a un mundo eco-sostenible pero con mayor nivel de calidad de vida diaria de los habitantes del planeta.


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